Espejos del campo chileno: Visiones, costumbres y el valor de la vida animal en la cultura rural

El inicio del otoño en el mundo rural siempre nos enfrenta a la crudeza y esplendor de la naturaleza en su estado más puro. Quienes habitamos el entorno agrícola o convivimos con proyectos donde los animales gozan de espacio y libertad, sabemos que el paisaje es un escenario dinámico y no exento de riesgos. Convivir con canales de regadío, ríos caudalosos, la inmensidad del mar, lagos o la geografía imponente de cerros empinados y montañas, implica aceptar que la vida y los imprevistos prediales se desarrollan bajo sus propias reglas. Los extravíos, los rescates al límite en accidentes geográficos o las pérdidas repentinas que dicta el ciclo de la naturaleza son situaciones que ocurren aquí y en cualquier lugar del planeta donde la geografía impone su fuerza.

Estos acontecimientos, comunes en el día a día de la vida de campo, nos obligan a detener por un momento la mirada técnica y activar nuestro rol como medio social y cultural. No para hablar de protocolos de emergencia o contingencias específicas, sino para poner sobre la mesa un tema histórico, complejo y muchas veces evadido: la profunda brecha en la percepción del valor animal entre el mundo urbano y la cultura rural chilena.

Dos mundos, dos lógicas

Para las corrientes urbanas contemporáneas, fuertemente influenciadas por conceptos como la “familia multiespecie”, el animal doméstico o de granja es un individuo con derechos, un miembro más del núcleo afectivo cuyo deceso se vive bajo un duelo riguroso y formal. Sin embargo, al adentrarse en la ruralidad a lo largo de nuestro territorio, la realidad se rige por un pragmatismo forjado por siglos de aislamiento, subsistencia y dinámicas productivas.

En la tradición del campo chileno, la línea que divide la utilidad del afecto es drástica. Una gallina, un cerdo, una cabra o una vaca no son categorizados como compañeros; son sustento, capital de trabajo o alimento. Bajo esta estructura, la pérdida de un ejemplar se procesa desde la economía o la resignación natural, no desde el trauma emocional.

Esta visión utilitaria decanta en costumbres que resultan chocantes para la sensibilidad citadina, pero que forman parte del entramado folclórico y cotidiano de muchas localidades: desde la disposición de animales fallecidos en los camiones de recolección de desechos en lugar de entierros ceremoniales, hasta métodos drásticos de control población —como el uso histórico de los canales de regadío para camadas no deseadas— que persisten como soluciones heredadas de generación en generación ante la falta de acceso a servicios veterinarios o educación de tenencia.

Tradición versus evolución global

Abordar este fenómeno con honestidad implica despojarse de la superioridad moral y entender que estas prácticas no nacen necesariamente de la crueldad deliberada, sino de una cosmovisión donde la naturaleza es ruda y el ser humano administra los recursos para su propia supervivencia. El campo prioriza lo comunitario y el ciclo de la vida y la muerte se acepta con una naturalidad desprovista de la sofisticación urbana.

Por otro lado, la sociedad global avanza hacia normativas de bienestar animal cada vez más estrictas, impulsadas por la ciencia del comportamiento y la etología, las cuales chocan de frente con la identidad cultural y la autonomía de las comunidades rurales que ven en estas corrientes una imposición externa que desconoce sus realidades económicas y geográficas.

En Fundación Equicentro nos situamos en la intersección de ambas realidades. Habitamos el Fundo Tutucura, respetamos la cultura de campo y trabajamos codo a codo con los vecinos y las instituciones locales; pero también impulsamos la empatía y la inclusión técnica. Reconocer la existencia de estas diferencias culturales es el primer paso para cualquier diálogo país que pretenda ser real y no una mera declaración de intenciones desde un escritorio en la capital.

Un espacio para el debate abierto

Las costumbres de un pueblo no cambian por decreto legal ni por juicios sumarios en redes sociales; se transforman cuando las comunidades evalúan sus propias prácticas a la luz de nuevos aprendizajes y necesidades del entorno.

Frente a la crudeza y el realismo que nos muestra la geografía chilena, dejamos abierta una interrogante disruptiva para nuestros lectores, profesionales del agro, legisladores y habitantes de todos los rincones de Chile:

¿Es posible construir un estándar nacional unificado de bienestar animal que respete y rescate la identidad y soberanía de la cultura rural, o estamos destinados a una desconexión insalvable entre la moral urbana y las costumbres históricas del campo chileno?

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